Descripción
El año de 1980 es el parteaguas que le arrebató la gracia al rock progresivo más influyente y latente de los setentas. Géneros más directos como el punk habían hecho pasar un mal rato a la escena inglesa. Sobrevivir a la segunda mitad de los setentas había sido un reto. Los ochentas traerían un rock muy liviano y un pop muy abundante. Esto con el tiempo se convirtió en un remate.
Yes estaba a cuestas con sus trabajos del ‘77 y el ‘78 (Going for the One y Tormato), los cuales incluso con el regreso de Rick Wakeman no habían logrado la excelencia acostumbrada. Tal vez fuera tiempo de que pasaran más tiempo en el estudio. Pero el mercado es exigente y si dejaban de producir nuevo material durante un período muy extenso podían perder poco a poco el público que los seguía manteniendo como una agrupación importante en ventas.
Así pues, Wakeman dejó la banda nuevamente y para disgusto de muchos, así lo hizo también Jon Anderson en esta ocasión. Era algo de esperar, pues no cedían a las presiones comerciales, siempre caracterizados por ser muy entregados a la inspiración. Sus reemplazos fueron Geoffe Downes y Trevor Horn. Después de los reacomodos y de casi dos años trabajando, el resultado fue Drama.
Machine Messiah comienza con un riff que se siente pesado en relación a los trabajos anteriores de la banda. Es una apertura extensa para el álbum. Trevor Horn hace justicia como reemplazo de Jon Anderson. Este cambio de alineación, a su vez, permitió que Horn no solo emulará el clásico rango de voces de la banda en anteriores encarnaciones, sino que se permite explorar un rango medio, dando así cierto matiz y variedad que son de agradecer. En cuanto a Geoffe Downes, estaban arriesgándose nuevamente al juicio de la crítica y el público. No estaban teniendo mucha constancia en el espacio de teclados con anterioridad ocupado y dominado por Rick Wakeman y Patrick Moraz. Sin embargo, el trabajo a manos de Downes se mantiene competente, con abundantes acordes y algunos momentos como ejecutor de contrapuntos y melodías líderes.
Man in a White Car es una breve pieza muy orquestada. Downes destaca mejor, compensando así su ambivalente participación en Machine Messiah. Does It Really Happen? cambia las cartas de un progresivo clásico a una carga de energía ochentera. Los teclados destacan cada vez más como corresponde en su tiempo. Ritmos binarios y ternarios se sobreponen y dialogan. El bajo de Chris Squire luce con su excelente tono, siempre tan nítido. En principio, el track parecía encaminado a ser regular. Pero termina siendo muy disfrutable. Sobrio y sencillo en cuanto a parámetros de progresivo se refiere: es una deliciosa botana. Ojalá la banda la hubiera desarrollado más en lugar de terminarla con un muy insatisfactorio fade out.
Into the Lens es más progresiva y sube la apuesta. Encontrar la creatividad para nuevas estructuras a través de las mismas técnicas es difícil después de más de una década bajo el mismo nombre. Con todo, se escucha que la banda lo seguía intentando. La virtuosidad del señor Howe, por supuesto, siempre es de gran apoyo. Los teclados se mantienen muy medidos en compañía de las percusiones. Lo que más podría destacar como un recurso novedoso es el empleo del vocoder y hubiera conseguido ser más efectivo si no fuera tan desaprovechado.
Run Through the Light es un poco complicada. El álbum venía prometiendo mucho, pero aquí se rompe un poco la magia. Y nadie pone nunca en duda las capacidades musicales de este gran grupo. Pero esta canción parece ya un tanto forzada; como relleno, una pieza no muy bien lograda. Es ese mal que ya se venía presentado con sus álbumes Going for the One (1977) y Tormato (1978). Además el fade out solo remarca la impresión de no realización.
Ya para terminar, Tempus Fugit es el hit al que se apostó la promoción del disco. Por lo tanto, funciona como tal. El tono de bajo es hermoso, la batería se escucha con mucha claridad, el vocoder se salva del completo olvido y los teclados son pegajosos. Sí tiene una construcción que la salva de ser un pretencioso hit single, pero ya no llega a más. La banda claramente sentía la decadencia de los setentas de la que habían sobrevivido. Ya no podían lucirse con canciones de diez o veinte minutos y necesitaban algo con lo que enganchar más público. Tempus Fugit cubre esta necesidad. Está bien, sin ser excelente.
Al final, Drama es un disco recibido de maneras muy divididas. Considerado por unos como la última gran obra progresiva de Yes; por otros, como algo bueno y relevante. Pero la realidad es que solo en la escena del progresivo consigue ser admirado o escuchado de vuelta. No se logró el éxito esperado, ni de lejos se le puede comparar con anteriores obras maestras como Close to the Edge o Relayer. Se conserva como un disco decente y aceptable. Los seguidores de la banda pueden encontrar sus momentos altos y dejar pasar sin pena ni gloria los más flojos.
No está de más decir que es algo más placentero si se deja de lado que es la voz de Trevor Horn y no la de Jon Anderson la que escuchamos. Al señor Horn se le llega a juzgar muy injustamente, pero en realidad llegó en un momento clave para la banda. Si bien no han vuelto jamás a su época dorada de antaño, gracias a Horn Yes se mantuvo constante e insistente durante las décadas venideras nada fáciles.
En conclusión, Drama no fue el gran fuerte. Pero fue un grato cierre a su década más progresiva. Fresco en algunos detalles, gastado en otros, no sería el primer álbum con el que alguien los descubriera. Tampoco debe ser severamente echado a un lado. Es algo natural que con el tiempo las agrupaciones entren en crisis de identidad o creatividad. Lo importante con Drama es escuchar a un Yes que sigue esforzándose para crear música de alta calidad.
Fuente: Nacionprogresiva



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